Les pongo en situación. Imaginen un valle precioso a unos 40 kilómetros de Bilbao en dirección a San Sebastián, con sus pocos caseríos en los prados, llegas y de frente te encuentras las paredes de los montes expectantes por ver si algún incauto se atreve a subirlas. Pasas Durango y pronto llegas a Atxondo en donde cogiendo dirección hacia Axpe desembocas en una zona conocida como barrio de San Juan donde en su bonita plaza se juntan cuatro casas muy bien puestas.

Si uno de repente piensa que está en Suiza podría esperar la salida de Heidi correteando por el monte desde la puerta de cualquiera de esos caseríos, pero no es el caso…Aquí sale el humo (otros hablan de la diosa Mari que baja de vez en cuando, pero aquel día no se apareció). Humo de unas brasas maravillosas en donde oficia Víctor Arginzoniz, cocinero y alma mater del restaurante Etxebarri, en la citada plaza.

Hacía una jornada preciosa, quizá algo demasiado cálida, pero sin excusa para que cinco amigos decidiéramos ir a pasar el día poniendo nuestros estómagos en manos de Víctor. El resultado ha sido altamente recomendable.

Amplio comedor se esconde en el primer piso tras pasar una barra de entrada que puede servir para tomarte un pequeño aperitivo antes de subir unas escaleras y pasar a la sala propiamente dicha. Ventanas pequeñas que dejan ver cómo los picos nos miran pensando que comeremos algo de lo que por allí se cría.

El servicio, femenino como suele suceder en muchos sitios del País Vasco, es atento y amable. Sin muchos alardes ni concesiones a la extrema confianza, pero eficaz y profesional.

La carta apunta  a platos como chorizo, croquetas, ostras, mejillones, percebes, chuleton, merluza, etc…sin complicaciones y todo trabajado bajo diferentes brasas según sea el plato sugerido. Pero es que lo sencillo a veces es lo más complicado de realizar.

Para empezar, de aperitivo, trajeron un atún marinado que estaba muy bueno…pero me supo a poco porque el plato era un tanto exiguo para estómagos hambrientos. Pero bueno, paciencia que se iría llenando.

Pedimos un chorizo casero delicioso, y más tremendo estaba si se metía entre pan y pan. Perdonen, pero no era un chorizo para hacerse el fino en la mesa, y menos ante tan delicioso pan que tenía a mi izquierda.

Optamos luego por una ensalada de bogavante. Rica, sin mucho “bicho” pero suficiente, con una lechuga espectacular, tierna, crujiente…muy fresca.  No sé de dónde procedía la lechuga pero me pareció magnífica. Esto me recuerda a cómo se va perdiendo el sabor de muchas cosas pero bueno, eso sería otro tema. Dicha ensala precedió a la OSTRA.

 

Es punto y aparte esta OSTRA. Sí, la pongo con mayúsculas porque creo que es de las mejores que he comido en mi vida. Puesta a la brasa, métansela en la boca y esperen un poco…no la muerdan. Ya me contarán.

Los mejillones llegaron en cuenquitos que olían a humo, a brasa, ¡qué soberbia preparación! Pequeños y finos, con ese toque ahumado de la lumbre…delicioso.

Y luego, ¡ay luego!…la CARNE. No puedo explicarla porque sería muy difícil de entender si no se prueba. Por eso, se la recomiendo, unido a esos perolitos de ensalada individuales que te ponen. ¡Qué materia prima y qué tratamiento!. Para repetir. No creo que haya comido una carne así (lo siento Gorrotxategui, pero creo que Arginzoniz supera un poquito tu excelente propuesta…aunque lo mejor es disfutar de ambas, no escoger solamente una)

Y llegamos a una de las más gratas sorpresas. El postre. Ya sabía que la carne era exquisita, que las brasas en el marisco las trabajaba de vicio pero lo que no me esperaba era esa tarta de hojaldre. No. Un espectáculo hojaldrado, fino, rico…sólo el de mi admirada pastelería Pozo me ha dado tanta satisfacción. ¡J O D E R!

 Cafés y bollitos en forma de pequeñas madalenas para acompañarlo.

 El vino. Carta no muy amplia pero con algunas referencias interesantes aunque revisen un poco los precios porque en algunos casos tiran un poco alto. En nuestro caso tomamos un Domaine de Pegau Châteauneuf du Pape Blanc 2006, que estuvo durante todo el tiempo que lo tuvimos tremendamente cerrado en la nariz. En boca mostraba juventud y no demasiada pesadez, lo cual hoy en día es de agradecer en esta zona. La parte tinta corrió a cargo de Prieuré Roch Vosne-Romanée Premier Cru Les Suchots 2002. Lo encontré disfrutable, joven, algo modernillo en su estilo. Sigo pensando por lo que he probado del 2002, que es una añada que puede gustar a mucha gente porque son vinos muy bien trazados pero que cuesta un poco encontrar la radicalidad que a veces tanto nos gusta en cuanto a la diferenciación parcelaria. Pero bueno, yo lo llamaría “amplitud de miras” por parte de algunos elaboradores que igual les ha salido una añada buena pero que no expresa del todo bien las diferencias de “terroir” entre zonas, y que en cambio pienso que puede gustar mucho a un público más generalista sin entrar en tanta especificidad ni en el detalle. Igual son gilipolleces o comeduras de tarro mías…

Fin de la jornada, la había precedido una en el “templo” santanderino. Pero esa la dejaremos para la siguiente entrega porque hubo tela en forma de botritis.

 Les recomiendo que vayan a Etxebarri si no lo conocen y disfruten, tanto del enclave en donde se encuentra como del restaurante en sí mismo y de la cocina que allí se ofrece.

Para tanta pureza gastronómica…un blues puro:

Y algo de folklore:

Un saludo

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The Show Must Go On (Queen)

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