El sábado pasado estuve de boda aunque debo pedir bastante tranquilidad a todas mis admiradoras ya que no era yo el que contraía sacramento con la contrayente. Ya empezaba a notar revuelo en los corrales y por si acaso hay que aclarar las dudas…

 

Bromas aparte, el día había salido bonito. Boda austera, tranquila, pocos invitados, cómoda y sin aspavientos. Era más una comida entre conocidos que el concepto de “boda amplia”. Frío pero con sol, nubes pero sin lluvia, amigos de la infancia, recuerdos para sacarlos en las mesas, y un sin fin de tópicos y típicos que podrían añadirse a cualquier enlace o evento de este tipo. Y uno siempre va con un halo de esperanza haciéndose la pregunta ¿qué vinos pondrán en la comida? Las apuestas habían sido varias: entre los blancos abundaban las opciones hacia Sanz, Torres, Raimat…y en tintos había apuestas hacia Riscal, Cáceres, Beronia, y alguna que otra más que no consigo acordarme.

 

Ummmm, la cosa se presentaba guapa. Bien la comida y adivinen los vinos: en blancos un Raimat 2006 del Penedés y en tintos un riojano Beronia crianza 2004. Para terminar el Cava 1551 Brut Nature de Codorniu

 

Bueno, pues muy bien. El blanco no me disgustó ya que el langostino con mahonesa que apareció pichado como una banderilla sobre una tartaleta hojaldrosa lo machacó fulminante lo cual era siempre bastante deseable. El Beronia, que queréis que os diga a estas alturas de la película…hizo su papel sin decir gran cosa. Lo que se le pedía.

 

El Cava a los postres se lo pasé a la simpática muchacha que tenía detrás. No me suele sentar muy bien tomar burbujas al final si antes no llevo la comida con burbujas. Además, la chica parecía que disfrutaba con él y a mi me apetecía contribuir un poco a aumentar su estado de felicidad que pronto se convertiría en estado ebrio en plenitud.

 

Como supongo que os imagináis, todo entretenido. Más que el vino. No sé si es que el restaurante los puso por decreto o por el artículo 33 aunque comprendo a los contrayentes, ya que ellos eligieron lo que se acomodaba a su presupuesto y ya está. Sin problemas. Yo me lo pasé bien que era el único objetivo.

 

Pero bueno, tras las tertulias de rigor, las risas oportunas y el estado de absoluta sobriedad en el que me encontraba ya que sólo había ingerido una copita del Raimat y otra del Beronia, decidí que era el momento de dejar a los novios, ya fieles marido y mujer, tranquilos y se me ocurrió proponer a algunos amigos el terminar la tarde-noche en torno a unos vinos en casa. Al final se apuntaron cuatro, lo que me pareció un número idóneo para abrir tres botellas y ver qué pasaba.

 

La chica seguía feliz con su cava, y dejé a algún amigo por allí a ver si la podía ayudar en algo.

 

La primera botella fue un desastroso bordelés Château Pape-Clement 2003. Demasiado muerto, fofo, mermelada, algo empalagoso y sin brío, sin chicha ni electricidad. R.I.P.

 

Los amigos presentes parecían satisfechos por el resultado lo cual me satisface porque siempre es buena excusa para ir sacando botellas que uno desea deshacerse de ellas lo antes posible. Lo siguiente me llevó a un no menos pastoso Les Terrasses 2004 prioratino.

No piensen que es quería acabar con mis amigos. Pero es que el vino no tenía nada más que una imponente capa de color que daba paso a la serrería de mi pueblo. A ver si hay alguna boda más porque me queda alguna botella y sería buena opción para beberla…

 

Tras el desastre de parte final de día que llevaba, probé suerte a sacar un vino que esperaba que estuviera más bebible. Fue un bello PX Solera 1830 de Alvear. Es un vino que me gusta mucho, y que bebido a pequeños sorbos ofrece deliciosos momentos. Y así fue. Sirvió de colofón a un buen día de recuerdos de la infancia en donde lo que menos importaba era el vino. Al fin y al cabo…

 

¡¡Vivan los novios!!

 

Próximamente tengo otra…tampoco me caso yo.

 

Un saludo

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The Show Must Go On (Queen)

 

 

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