Siempre me viene a la memoria infinidad de catas y degustaciones muy preparadas, anunciadas a bombo y platillo y en las que uno igual se crea una serie de expectativas que luego no se ven cumplidas en la plenitud deseada o creída. Incluso el aburrimiento puede ser tu principal compañía en esos eventos.

Intercambio de correos rápido, un viaje a Madrid y todo listo, sin más preparación. ¿Unos vinos y algo de picar? Bien, que cada uno lleve lo que le plazca. Y de esas simplezas surgen a veces noches tremendamente especiales, de disfrutes eléctricos que te ponen la piel de gallina. Y es que, la belleza de la simpleza es preciosa. Seis personas en una mesa en la que acudimos a hablar sobre vinos, a olvidarnos del día a día, a charlar sobre lo divino y lo humano, a disfrutar de lo que vaya surgiendo y a paladear las sensaciones que cada minuto nos ofrece. Sí, el disfrute de los pequeños momentos es deseable.

De los buenos amigos siempre se aprende y en el caso nuestro nos gusta seguir las “peripecias” de una persona a la que tenemos un especial afecto en este grupo. La jornada se la dedicamos a él. Creo que si lee estas líneas sabrá quién es. Simplemente, te esperamos en alguna.

La noche se presentaba agradable. El Barcelona había perdido y animaba más mis ánimos madridistas, el tráfico estaba mejor de lo esperado y evitaba así enfados innecesarios al volante y llegar con prisas y sofocones al sitio indicado, por lo cual el sentarme a la mesa iba a ser bastante relajado y con buen humor.

Apareció en mi primera copa un Vinho Verde de Quinta do Montinho, de la añada 2005. La vegetalidad de esta primera propuesta me recordó que lo mejor era olvidarla lo antes posible. Hubo quórum. No nos convenció. Primer ensayo fallido. Bueno, era un telonero muy normalito.

“Prueba esto”, me dice la persona que tenía a la derecha mientras estaba hincándole el diente a un delicioso salchichón ibérico. ¡Ostras! ¿Qué es esto? Apunta buenas maneras. Mucha frutita blanca madura, la madera sutilmente camuflada, tiene apuntes de compota y de pastel de manzana. En boca está maduro en sabor y vivo en su recorrido, con buena acidez y un final elegante y de mediana persistencia. Un Regio blanco 1996 de Bodegas Palacio (D.O.Ca. Rioja) muy disfrutable.

Los canapés estaban deliciosos, así como el atún ahumado con el siguiente vino. Mientras llegaba el catering de comida japonesa decidimos ir probando el trío de diferentes vinos blancos. Borgoña y Rioja iban a ser protagonistas, en diferentes estilos pero con propuestas que nos parecieron de mucho peso. El primero del trío se presentaba de un color amontillado, con ligera turbidez. Matices oxidativos en la nariz pero el “bicho” conserva algo. Unos aromas como de melocotones, fruta escarchada, higos, toques acaramelados y amielados empiezan a entrar en las fosas nasales. Lo dejé en la copa tras un leve sorbo en el que el vino mostraba estructura, acidez, persistencia, volumen, elegancia. Luego volvería a él, a probar este López de Heredia Viña Tondonia blanco 1961 (D.O.Ca.Rioja) que estaba empezando a mostrarse tras permanecer tantos años en la botella. La verdad es que soy mucho más defensor de los blancos de esta bodega que de los tintos, prefiriendo además en general los Bosconia que los Tondonia y este blanco empezaba a mostrar ese gusto que me dan este tipo de vinos. Bufff…

El Cuvée Antoine 2004 de Catherine & Claude Marechal era la primera incursión borgognona. Un blanco genérico de la zona de Beaune que en principio mostró un excesivo uso de la madera en sus aromas. Tostados, especias, frutos secos se imponían a los destellos leves de flores flancas y aromas afrutados. En boca me encontraba un poco de forma similar, teniendo el vino volumen y buena acidez pero en el postgusto final la barrica era demasiado predominante.

De estilo muy distinto fue el Puligny-Montrachet 2004 de Louis Carillon. Más pálido en color y mucho más rocoso en olor y sabor. Fantástica expresión mineral la de este vino, olía a pura roca, mezclado con cítricos, leves aromas lácticos y herbáceos, todo muy bien compensado. Meter la nariz en la boca te transportaba a un suelo, a una piedra, a una sensación que me seduce en los Puligny, con frescura vegetal (que no verdores) y que me resulta muy placentera. En boca entra con potencia, acidez tremenda y vuelve a dejar sensaciones minerales muy intensas, con largura y buena estructura. Muy bueno para mi gusto este blanco.

Combinando los vinos íbamos dando cancha al Tondonia blanco del 61. No sé si La Rioja volverá a hacer este estilo de vinos blancos pero como no viviremos para contarlo, aprovechemos el momento que de vez en cuando nos ofrecen estas oportunidades. Para soñar…

El catering de Kabuki apareció en la mesa y mientras se abrió el primero de los vinos tintos. Buen trabajo hizo el que lo abrió (el amigo Pedro) y rápidamente hubo una persona que olió lo que se estaba sirviendo y fue claro: ahí hay un vinazo escondido. Enrique no se equivocaba ya que este López de Heredia Viña Tondonia tinto 6º año de los años 60 hizo el silencio entre los presentes.

Algo eléctrico, emocionante. Digamos que mantenía cierta tonalidad rojiza dentro de su media capa ligeramente atejada. En nariz era un rosario de sensaciones diferentes, desde trazas de frutillos negros maduros, hasta aromas de trufas, hojas secas, tierra mojada, ligeros cueros iniciales, madera vieja muy sutil. La boca es deliciosa, elegante, fina, sabrosa, una pelota en tu paladar, donde acidez, alcohol y tanino se funden en una sensación placentera. Muy largo en el postgusto. Le dejaríamos poco a poco en la copa mientras pequeños sorbos se iban dando a este auténtico vinazo.

Hablábamos de lo que se produce, de lo que se producía, de cómo ha variado el grado como dijo bien Olaf, de cómo el enmascaramiento maderístico a la materia prima cobija errores, en fin…muchos temas de reflexión en torno a una copa de este vino. Es para meditar y reflexionar.

Y el vino seguía. Ya decía que en general en tintos me quedaba con Bosconia en el caso de esta bodega de Haro, pero miren ustedes, a veces lo mejor es quedarte con ambos.

La siguiente propuesta era la de descorchar dos vinos de 1989. Un Contino Gran Reserva y un La Rioja Alta Gran Reserva 904. Y fue una buena opción. Es posible que algo penalizada por ponerlos detrás de ese espectáculo anterior pero ambos del 89 me parecieron francamente interesantes dentro de otro estilo que, por edad y por formas, lo demostraban frente al Tondonia. Dos vinos para disfrutar y reflexionar copa en mano.

El 904 es un vino que generalmente me encanta. Mi respeto hacia los vinos de esta bodega es muy alto porque me he encontrado con verdaderos momentos de disfrute ante copas de La Rioja Alta y me metí con ganas a este de 1989. Joven y vivo se encontraba el vino, con aromas de frutos negros y rojos maduros, especias suaves, ligera humedad inicial, aparecen ahumados, aromas como de castañas asadas y un fondo balsámico elegante. En boca el vino me parece muy sabroso, elegante, bien equilibrado, todavía bastante vivo, largo, profundo e intenso. Francamente bueno e invitando a beberlo copa tras copa. ¡Bravo!

El Contino me pareció una línea algo más moderna, con un mayor predominio de frutas rojas, especias, tostados finos. Todo muy bien integrado y con una nariz intensa y muy elegante. En boca el vino es muy vivo, con un tanino todavía por integrarse en el conjunto, acidez buena y un final apoteósico de sensaciones variadas como en la nariz. Está joven, pero es un chaval que promete grandes momentos como el que ya me dio ayer. ¡Magnífico!

Era el último vino de Rioja de la noche (dejamos en la recámara dos Ardanzas bien talluditos, uno del 81 y otro de los años 40) y las sensaciones que nos daba esta región que tantos defensores como detractores tiene habían sido especiales. Elegancia, finura, complejidad, eran adjetivos hablados mientras tomábamos estos vinos y colocábamos a La Rioja como una región que realmente nos hacía disfrutar. Y no podemos decir lo mismo en todos los casos.

Mientras, iban apareciendo unas excelentes albóndigas caseras de las de mojar pan sin hartarse y unos pocos callos para ir acompañando la velada…Soy de fácil conformar y casi todo me gusta, así que si digo que estaba todo muy bueno igual no les signifique nada. Gracias por esas dos maravillas gastronómicas.

El Côte-Rôtie Vieilles Vignes 1999 de Marie-Claude Lafoy&t Vincent Gasse fue una incursión espectacular en el Ródano. Me encanta su nariz compleja en frutillos rojos, matices terrosos, ligeras violetas y recuerdos ahumados y como de carne asada. En boca es delicioso, con acidez y profundidad, gran estructura, equilibrio, un syrah que me ha gustado mucho. Sin estridencias, pura tierra, puro suelo. Muy largo. Muy diferente a lo que he probado de esta variedad fuera de estas zonas del Ródano.

Dimos un giro radical en el siguiente vino de la noche y nos fuimos a la uva Tannat con un Bouscassé Vieilles Vignes 1996. Un Madiran de Brumont que se muestra muy fresco y potente, con gran tanino de uva, con 12,5 graditos, ligeramente rústico y con personalidad apabullante. No exento de elegancia. Un vino que me gustaría volver a probarlo dentro de unos cuantos años.

Quedaba el último fogonazo y fue apoteósico. Un Vin de Paille de Durand-Perron 1996 de bonito color dorado brillante. Deliciosa nariz y frescura en la boca, realmente vivo, nada cansino. Aromas iniciales de frutos en compota, orejones, pasas, hierbas aromáticas y frutos secos garrapiñados, tiene un toque como de alguna conífera en nariz, flores silvestres y un toque amielado sutil. En boca como decía mantiene una frescura envidiable, largo, graso, con volumen. Era delicioso tenerlo un rato paladeándolo en la boca. Bufff, muy rico.

Final antológico para una noche especial, surgida de la nada y sin ningún tipo de preparación previa sobre los vinos que iban a beberse.

A todos los que han hecho posible (amigos, bodegas, etc.) esta orgía del disfrute desde aquí mi más sincero agradecimiento. La vida es demasiado corta como para beber mal vino. Aprovechemos mientras.

Para terminar, me apetece disfrutar con una de mis canciones favoritas. 10 minutos sensacionales. La primera vez que la escuché en directo, el saxo de Clarence Clemons me puso la carne de gallina. Todavía lo consigue. Algunos vinos (de ayer y de otras ocasiones), también.

http://es.youtube.com/watch?v=8KM_6a2t0dQ

Un saludo

…………………………..
The Show Must Go On (Queen)

Anuncios