El pasado 21 de agosto amaneció horrible en Manhattan. Caía bastante agua, lo que hacía más difícil mi labor turística en la isla pero tras dar unas vueltas por Madison Avenue y subir a los lujosos Bloomingdale´s (ya se sabe que hay que visitar algún gran almacén en busca de algún regalito para la familia) recibí una llamada confirmándome un asunto:

A las 19.00pm en el restaurante Cendrillon del Soho neoyorkino”.

Perfecto, parecía que el día se aclaraba algo después de aquella llamada de Manuel Camblor en lo que parecía iba a ser una gran jornada de vinos, pero mientras tanto las gotas caían sin parar sobre mi negro paraguas. Quedaba tiempo y había que seguir disfrutando de la Gran Manzana, con o sin lluvia.

Un poco antes de la hora acordada me dio tiempo a mirar en el hotel los comentarios sobre dicho restaurante y ponían un especial énfasis en su “pollo en adobo”, así que había que probarlo. Parecía que la comida con toque filipino recibía una buena aceptación en las opiniones encontradas.

Me encaminé a bajar la “corta” Broadway en dirección al lugar citado y a la hora programada vi que un señor al que conocía bajaba de un taxi amarillo clásico neoyorkino. Quizá ese color podía relacionarse en cierta manera con algo que Manuel portaba en alguno de sus bolsas, ¿algún vino blanco interesante? Veríamos.

Cendrillon es un restaurante con una entrada pequeña y un tanto oscura pero que se va ampliando a medida que uno se va adentrando en el establecimiento. Al final estaba la mesa reservada para el grupo.

Lo que aconteció dentro de Cendrillon aparece perfectamente reflejado en el magnífico blog que Manuel nos ofrece y poco hay que añadir:

http://blogs.larioja.com/otrabotella/posts


Solamente me gustaría apuntar que el pollo en adobo cumplió con las expectativas, realmente exquisito. Nikolaihof memorable, Pinon para no descansar, Marc Olivier inmenso, Hirtzberger, Barthod (gran descubrimiento del que fue para mi el tinto de la noche), mis reticiencias iniciales al Trollat, …¡¡qué bien me lo pasé!!

Como ven, al final la tormenta nos abandonó y un rayo de luz vitícola inundó mi estancia en Manhattan, estancia mucho más placentera gracias a los perfectos anfitriones con los que departí unos magníficos momentos. Nueva York tiene estas cosas.

Gracias Jayson, SFJoe, Mike, Romy, Jay (el auténtico Jay Miller como dicen) y por supuesto a Manuel, una persona que ejerció de perfecto anfitrión y con la que es un gusto compartir mesa, vinos y charletas con su excelente sentido del humor. Puedo dar fe que este buen grupo de “enochalados” neoyorkinos saben tratar muy bien a sus anfitriones (seguro que Mike salió muy satisfecho también y su cata de la jornada siguiente fue todo un éxito).

Un saludo

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