Aprovechando la pasada jornada bloggera de “Iberoamérica en cata” en la que se hacía referencia al “terroir” como concepto definitorio de un vino de gran calidad quería plantearme una pregunta ya debatida en múltiples ocasiones pero que me sigue pareciendo muy importante, y es el uso o empleo de variedades locales para la diversificación en vinos de calidad.

Históricamente el objetivo clásico de la viticultura era obtener un vino con la mayor calidad posible, pero creo que esto, como ya dije, es puramente subjetivo y que hay que ir más allá, a buscar esos vinos de “calidad” pero que además tengan una personalidad propia, es decir, tipicidad.

En muchas ocasiones, vemos que hay regiones en donde la procedencia del vino tiene más importancia que la propia variedad, y viceversa en otras áreas, pero desde mi punto de vista, si seguimos plantando en todos los lugares las mismas variedades internacionales tenderemos a una homogeneización (ya muy existente) en el conjunto vitícola. De ahí, la importancia que creo que tiene el intento de recuperación de ciertas variedades para conseguir una mayor tipicidad en los vinos.

Ya expliqué cómo había descendido el número de variedades existentes en, por ejemplo, La Rioja a lo largo de los años y cómo esa “erosión genética” se había producido a favor del Tempranillo, buena variedad, pero que podemos caer en la monotonía si es la única que se elabora.

Por eso, siempre he defendido y lo sigo haciendo el trabajo con nuestras variedades, investigando, intentando recuperar castas olvidadas (me consta que se están haciendo trabajos sobre ello), en vez de caer en la tentación de plantar variedades muy extendidas en todo el mundo (no digo que se hagan malos vinos con ellas, pero la tipicidad buscada no creo que llega a su máxima plenitud).

Hasta comercialmente lo considero un error, ya que me es más difícil defender un Cabernet español frente a uno de Burdeos, o un syrah de aquí frente a esos que se producen en el Ródano. ¿Y si encima llegan Merlots, Syrah, Cabernets…a tiendas mundiales procedentes del Nuevo Mundo a precios irrisorios? Las comparaciones van a surgir por doquier. ¿Pero quién me compara un buen albariño gallego, o un buen bobal de la Manchuela, un buen tempranillo riojano, un gran pinot noir de la Côte de Nuits, o un gran chenin de Vouvray por decir algunos casos?

Nunca he visto interés en Borgoña por introducir variedades, pero sí por defender su Pinot, tampoco he visto a los productores de Burdeos plantando Tempranillo o Mencía, pero sí trabajar duro por sus variedades, ni a los alemanes por plantar Macabeo pero sí por trabajar duro con su Riesling. No veo volverse locos a nuestros vecinos por introducir variedades de fuera, pero aquí lo hacemos y pienso que falta más trabajo sobre las propias.

El riesgo: caer en la monotonía. Intentemos que esto no suceda, desde el lado productor y desde el lado del consumidor, exigiendo la no uniformidad en los vinos.

Un saludo
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The Show Must Go On (Queen)
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