agosto 2007


Siempre había tenido ganas de buscar un hueco para poder escaparme a ver la Gran Manzana y este pasado mes de Agosto por fin iba a ocurrir. Las visitas al Central Park, Metropolitan Museum, Puente de Brooklyn y demás iban a ser obligadas pero además había un encuentro al que particularmente le tenía muchas ganas desde hace tiempo y que tenía que ver con la afición en torno al mundo del vino. Era volver a reencontrarme con mi amigo Manuel Camblor.

Ya sabéis, y para los que no lo saben lo digo ahora, el excelente blog que escribe Manuel en el Diario de La Rioja (http://blogs.larioja.com/otrabotella/posts), y su tenacidad, ironía y particular y amplia visión con mucha perspectiva histórica (ya la quisiéramos muchos) del mundo vitivinícola.

El primer encuentro con Manuel fue en su casa, con sus pequeños y maravillosos “Camblorcitos” y su mujer como anfitriones. Hacía más de dos años que no nos veíamos en persona y había mucho de que hablar. El telón de fondo fue una comida turca francamente rica, apetitosa y sugerente.

Mientras hablábamos de diversos temas Manuel me saca un espumoso rosado…de Touraine, de Mr.Pinon. Comentamos lo raro que nos resultaba ese tipo de vino en ese productor, no sabíamos que lo hiciera. Y así nos vamos sumergiendo en una mineralidad realmente deliciosa que nos ofrece su intensa nariz. A veces, es para preguntarse si estos señores echan minerales a posta en sus vinos porque es realmente sorprendente. Un vino que realmente apetece tomarse una y otra botella detrás.

La magia cambloriana sucede en un espacio acogedor, fresco y vital, como el Luneau-Papin Muscadet Sevre&Maine s/lie Le L d´Or 1989 que sirvió a continuación. A aquellos que renieguen de estos vinos envejecidos solamente puedo decirles que lo prueben, que disfruten. Son como Sabina y Julián, los hijos de Manuel, que empiezan ahora su vida, a dar próximamente sus primeros pasos y a enfrentarse a los problemas existentes. Pues este Muscadet se enfrentaba a dos bocas dispuestas a saborearlo y, por lo menos a mi, me tumbó, me maravilló, fue como un beso intenso. Delicioso, seductor. Auténtico.

Siempre digo que el mejor halago que puedo hacer es decir que en algún sitio me he sentido como en mi propia casa. Así fue como me encontré con la familia Camblor, con mi casa y en esta ocasión acompañado con un Château Certan de May de 1993, un Pomerol en el que se aprecia bastante trabajo fino con las barricas, no como medio que se imponga al vino, si no que lo acompañe. Quizá se encuentre ya en un punto óptimo de consumo (la oxigenación en exceso no aprecié que le viniera muy bien). No recuerdo el nombre de aquellas especies de croquetillas de carne turcas pero iban de maravilla con este Pomerol…
Algunos comentarios de estos vinos los hice en la Web de Verema, aunque quizá lo menos importante sea la cata en sí misma, pero sí el disfrute de beber y probar los vinos en grata compañía como sucedió. Hasta mi propia hermana, que no es aficionada a este mundo, se sintió de maravilla probando a Pinon y Papin (no pudo con el Certan de May) y muy a gusto en casa de Manuel.

http://www.verema.com/comunidad/vinoscatados/vino.asp?vino=18993

http://www.verema.com/comunidad/vinoscatados/vino.asp?vino=18994

http://www.verema.com/comunidad/vinoscatados/vino.asp?vino=18995

Veíamos autenticidad en los vinos, y pasamos a la autenticidad musical recordando a un grupo que así se ha comportado a lo largo de su historia musical: AC/DC. Podrá gustarles más o menos, pero siempre han mantenido su identidad y su personalidad, alejados de intereses impuestos por discográficas buscando una música más comercial. Se fue Bon Scott y llegó alguien similar, Mr. Brian Johnson…cuando podían haber escogido una voz más “sencilla”. Pero si lo hubieran hecho, hubieran dejado de ser lo que son: AC/DC.

E interesante una versión muy diferente del “Walk this Way” de Aerosmith que me pinchó Manuel.

En el vino debería suceder lo mismo. Nunca he creído en el vino que guste a todos, en el vino comercial, en el gusto internacional…Pienso que eso no existe. Sí, en cambio, existen vinos particulares para gustos particulares, con su mayor o menor originalidad, y…una vez más (soy pesado) la diversidad es lo que nos llevará al disfrute en su enésima potencia. Si no, el aburrimiento está garantizado.

Era hora de despedirse y concretar un encuentro que iba a ser un festival. Manuel sabe agasajar muy bien a sus invitados, y así sucedió como ya contaré en la siguiente entrega del blog.

Manhattan, Baba O´Wines y La Otra Botella iban a girar en una espiral vinícola realmente interesante.

Un saludo

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The Show Must Go On (Queen)

Recién llegado de Nueva York (ya contaremos con detalle los disfrutes de vino vividos en la Gran Manzana) del periplo vacacional habíamos acordado hacer una visita a uno de los templos que los amantes del vino deben conocer: Bodega La Cigaleña, lugar donde el amigo Andrés Conde ejerce de perfecto anfitrión para aquellos que nos acercamos a Santander en busca de pasar jornadas inolvidables.

En esta ocasión nos acercamos varios miembros de la Peña El Sarmiento con sus acompañantes,y se unió al evento un buen amigo del grupo Estintobásico de Barcelona al que ya conocemos de otras buenas sesiones: Víctor Cardona.

Cuando uno entra en La Cigaleña se le empieza a encoger el corazón ante el aspecto visual que presenta el local. Miles de botellas van apareciendo por las paredes, por el techo, por las escaleras…se respira ambiente de vino a través de varias generaciones, realmente espectacular.

Andrés nos había preparado un reservado en la parte superior, tranquilo y cómodo, para disfrutar. Y la sugerencia que nos hizo fue francamente interesante como luego sucedió: ¿qué tal tomar todo con diferentes vinos blancos? La idea nos pareció muy atractiva y el resultado final lo atestigua.

Los componentes de tan sugerente propuesta iban a ser los siguientes:

Por el lado de las viandas:

Carpaccio de bonito
Exquisitas y soberbias las sardinas marinadas
Maganos encebollados
San Martín a la plancha
Entrecot
Quesos cántabros

¿Y qué nos iba a proponer Andrés para tan suculentos platos?

Empezamos con un Sílex 1993 de Didier Dagueneau. Un Pouilly Fumé que me pareció soberbio, intenso y complejo en nariz, con multitud de matices aromáticos desde la mineralidad a sutiles aromas de frutos cítricos, ahumados, etc. En boca es ligeramente graso, con una magnífica acidez y un recorrido que te va llenando la boca dejando un elegante amrgor final, en donde los recuerdos a pedernal y ahumados se vuelven a percibir. Largo y persistente.

Andrés decidió cambiar totalmente de registro y propuso un Donnhoff Hermannshöhle Riesling Spätlese Trocken de 1994. Un vino que empezó con potentes aromas a hidrocarburos que poco a poco fueron diluyéndose para dar paso a matices mucho más florales y de frutas blancas, en boca está francamente bien equilibrado el vino, con esos 11,2 grados exactos alcohólicos que hacen que se muestre realmente apetecible, con esa buena acidez que refresca y da viveza al vino y con la sutileza y elegancia que los buenos riesling nos tienen acostumbrados. Le queda mucha vida por delante

Tras la Sauvignon Blanc y la Riesling llegaba el turno de atacar a la Chardonnay en su mejor aceptación: Borgoña. En este caso iban a ser dos vinos de Mersault. Empezamos con un Clos de la Barre 2000 del Domaine des Comtes Lafon, un vino de gran nivel aunque para mi fue el más flojo dentro de la excelencia de los vinos que estaban allí presentes. En el pasado Pro-Wein pude probar el 2004 de este mismo vino y me pareció más potente en nariz, quizá más dominado por aromas primarios y menos sutiles y elegantes, se aprecia un buen trabajo en la madera, especias blancas suaves, recuerdos a frutos secos y ligeras notas cítricas y florales. En boca es elegante, denso, con buena estructura, muy largo. Delicioso

Luego llegó un soberbio Mersault “Les Luchets” 1995 de Domaine Roulot. Un vino puro, franco, elegante, con una nariz muy intensa en donde se aprecia el trabajo de la madera pero sin enmascarar otras virtudes varietales. Lo mismo sucede en boca, con una acidez tremenda y un tanino totalmente redondo y perfectamente integrado junto a los 13 grados alcohólicos. Una verdadera maravilla de elegancia y finura.

Quesos y sorpresa, Andrés se saca de la manga un vino de Gaillac, un Vin D´Autan 2003 de Robert Plageoles & Fils. Denso y frugal esta sorpresa, en donde pronto aparecen aromas amielados y de confitura, pasas, orejones, hay aromas como de fruta escarchada. Al llevarlo a la boca es una explosión de frescura y sutileza, nada empalagoso, largo, denso y profundo. Muy buena me ha parecido esta sorpresa.

Y para meditar en la sobremesa, un Garrafeira H&H Malvasia de 1954, todo un auténtico espectáculo escondido detrás de una botella. Solamente decir que lo mejor fue la última copa, en donde todos los posos se habían concentrado. Un vino inolvidable para mi.

Fantástica jornada la que hemos pasado con Andrés Conde en su maravilloso rincón santanderino, hablando de vinos, de zonas, aprendiendo muchas cosas con las copas delante de la mesa…Un sitio al que hay que hacerle la justicia que se merece y reconocer la importante labor que con tanto interés y pasión desarrolla Andrés en relación al mundo del vino.
Chapeau!!

Pero había más.

Decidimos dar un respiro a Andrés y despejarnos un poco de tan soberbia experiencia con esos vinazos y viandas y descansar un poco hasta volver unas horas más tarde para probar unas gentilezas de champagnes ofrecidas por Víctor. Junto a la barra, con un surtido de croquetas y otros maganos, esta vez a la plancha, decidimos descorchar un Collard-Chardelle Cuvée Prestige que se mostró un poco parco, apagado, ligeramente aturdido por el largo viaje soportado. Pero luego llegó a la copa un excelente y excelso Basalle Chigny-Les Roses 1er Cru 1998, poco a poco fue mostrando en nariz el honor a su nombre de Roses, con buenos matices florales y compotados, muy sutil y elegante, excelente acidez y recorrido, con el carbónico perfectamente integrado…Delicioso y muy a tener en cuenta este pequeño productor.

Realmente una gran jornada la que hemos podido disfrutar en la capital cántabra…precedida por encuentros neoyorkinos de los que Baba O´Wines hablará en próximas entregas.

Un saludo

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The Show Must Go On (Queen)
Siento decepcionar a aquellos que entraron ante la curiosidad de encontrar algo erótico tras ese título, o a aquellos seguidores vitivinícolas que relacionaron los “polvos” con las bolsitas de metabisulfito potásico usadas en Enología. Lamento no colmar vuestras espectativas.

En esta ocasión los “polvos” se refieren al tema tratado por Brian May al presentar, a los 60 años de edad, su Tesis sobre ‘Radial Velocities in the Zodiacal Dust Cloud’ ( traducido al castellano como Las velocidades radiales en la nube de polvo zodiacal). Dr. May, si aprueba su Tesis le doy mi más sincera enhorabuena aunque me gustaría indicarle que usted ya se doctoró hace muchos años cuando en compañía del cantante Farrokh Bulsara (conocido como Freddie Mercury), del batería Roger Taylor y del bajista John Deacon crearon una de las bandas de rock más grande que mis pobres tímpanos han podido escuchar: Queen. Corría el año 1973 cuando su primer disco, llamado Queen, vio la luz. En 1991, y tras la muerte de Freddie Mercury por SIDA, Queen dejaba de existir como la banda que conocimos, a pesar de posteriores intentos con el bueno de Paul Rodgers en la parte vocal ( grande también con Free y Bad Company). Según chascarrillos habrá próximamente un nuevo disco de estudio de Queen+Rodgers. Veremos.


Composiciones del señor May como We Will Rock You, Hammer To Fall, Now I´m Here, Tie Your Mother Down creo que tienen el rango suficiente para que la historia musical del siglo XX lo doctore. Sus fans lo hicieron hace tiempo. Y discos como A Night At The Opera (con la sensacional, única e inigualable Bohemian Rhapsody), A Day at the Races, A Kind Of Magic, Innuendo o Live At Wembley 86 (para mi uno de los mejores discos en directo jamás grabados) les han llevado al Olimpo musical.

La última vez que pude ver a May fue en solitario en la sala Macumba madrileña junto a la estación de trenes de Chamartín. Recuerdo que, por motivos de contratos y ya que esa sala es una discoteca que tenía que abrir a otro tipo de público, el concierto tuvo que acabar antes de lo previsto. Pero quedó buen sabor de boca.

Y así, Baba O´Wines cierra una temporada el blog por vacaciones. Espera la Gran Manzana Neoyorkina, en donde espero encontrarme con un buen amigo de avatares vitivinícolas: Manuel Camblor. Espero volver para contarlo.

Un saludo

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The Show Must Go On (Queen)…Hoy con más reconocimiento que nunca.





Aprovechando la pasada jornada bloggera de “Iberoamérica en cata” en la que se hacía referencia al “terroir” como concepto definitorio de un vino de gran calidad quería plantearme una pregunta ya debatida en múltiples ocasiones pero que me sigue pareciendo muy importante, y es el uso o empleo de variedades locales para la diversificación en vinos de calidad.

Históricamente el objetivo clásico de la viticultura era obtener un vino con la mayor calidad posible, pero creo que esto, como ya dije, es puramente subjetivo y que hay que ir más allá, a buscar esos vinos de “calidad” pero que además tengan una personalidad propia, es decir, tipicidad.

En muchas ocasiones, vemos que hay regiones en donde la procedencia del vino tiene más importancia que la propia variedad, y viceversa en otras áreas, pero desde mi punto de vista, si seguimos plantando en todos los lugares las mismas variedades internacionales tenderemos a una homogeneización (ya muy existente) en el conjunto vitícola. De ahí, la importancia que creo que tiene el intento de recuperación de ciertas variedades para conseguir una mayor tipicidad en los vinos.

Ya expliqué cómo había descendido el número de variedades existentes en, por ejemplo, La Rioja a lo largo de los años y cómo esa “erosión genética” se había producido a favor del Tempranillo, buena variedad, pero que podemos caer en la monotonía si es la única que se elabora.

Por eso, siempre he defendido y lo sigo haciendo el trabajo con nuestras variedades, investigando, intentando recuperar castas olvidadas (me consta que se están haciendo trabajos sobre ello), en vez de caer en la tentación de plantar variedades muy extendidas en todo el mundo (no digo que se hagan malos vinos con ellas, pero la tipicidad buscada no creo que llega a su máxima plenitud).

Hasta comercialmente lo considero un error, ya que me es más difícil defender un Cabernet español frente a uno de Burdeos, o un syrah de aquí frente a esos que se producen en el Ródano. ¿Y si encima llegan Merlots, Syrah, Cabernets…a tiendas mundiales procedentes del Nuevo Mundo a precios irrisorios? Las comparaciones van a surgir por doquier. ¿Pero quién me compara un buen albariño gallego, o un buen bobal de la Manchuela, un buen tempranillo riojano, un gran pinot noir de la Côte de Nuits, o un gran chenin de Vouvray por decir algunos casos?

Nunca he visto interés en Borgoña por introducir variedades, pero sí por defender su Pinot, tampoco he visto a los productores de Burdeos plantando Tempranillo o Mencía, pero sí trabajar duro por sus variedades, ni a los alemanes por plantar Macabeo pero sí por trabajar duro con su Riesling. No veo volverse locos a nuestros vecinos por introducir variedades de fuera, pero aquí lo hacemos y pienso que falta más trabajo sobre las propias.

El riesgo: caer en la monotonía. Intentemos que esto no suceda, desde el lado productor y desde el lado del consumidor, exigiendo la no uniformidad en los vinos.

Un saludo
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The Show Must Go On (Queen)
Hace unos meses surgió la idea de realizar catas conjuntas entre la gente de Iberoamérica que disponemos de un blog dedicado al mundo vitivinícola en castellano. El nombre asignado fue “Iberoamérica en cata” y, no habiendo podido participar en las dos primeras ediciones, Baba O´Wines quería estar presente en la tercera.

En esta ocasión el amigo Manuel Camblor nos proponía catar un vino que exprese lo que nosotros entendemos como “terroir”. Esta propuesta llevó a un interesante debate en su blog (La otra botella) porque siempre ha sido un concepto que ha creado multitud de discusiones y de opiniones generadas.

Sin machacar demasiado a la cartera decidí acudir a la zona que, para mí, expresa mejor el concepto de “terroir” que no es otra que la Borgoña, zona tan alucinante como decepcionante en multitud de ocasiones, y más concretamente acudí a escoger un vino de Givry.

Givry pertenece a la Côte du Chalonais, mucho menos afamada que otras zonas de Borgoña pero que desde mi punto de vista ofrece también vinos atractivos y a unos interesantes precios para aquellos que se aproximan a esta región francesa. Como en casi la totalidad borgoñoña la variedad pinot noir es la esencia de sus vinos tintos y en esta ocasión Domaine Joblot ofrecía su 1er Cru Clos de la Servoisine de la añada 2004.

Quizá este elaborador tenga la fama de hacer lo vinos más opulentos en la región de la que hablamos pero este 1er Cru probado no ha destacado por ese carácter si no por su sutil elegancia.

Ha presentado un color rojo granate de media capa, con la parte del ribete ligeramente más evolucionada. En nariz ha mostrado muy buena intensidad, con aromas bastante terrosos, ahumados, recuerdos de ceniza e incluso un fondo ligero de humedad. Se podría decir que casi huele a tierra mojada en su primer momento. Con estancia en la copa y aireándose un poco los aromas sutiles a violetas, frutillos rojos y ligeros balsámicos van apareciendo dando al conjunto una elegancia que me ha gustado y cierta complejidad.

Cuando nos llevamos el vino a la boca la entrada es sabrosa y vemos que desarrolla una excelente acidez con un tanino bien pulido, sedoso, haciendo agradable el paso por nuestras encías y mostrando solamente al final atisbos de su paso por la barrica. No se impone la madera al vino como sucede comúnmente hoy en día en infinidad de vinos en los que parece que estás bebiendo restos de un gran trabajo de carpintería y ebanistería.
Los 13 grados de alcohol están bien integrados y equilibrados con esa buena acidez y con un tanino bastante amable dando un conjunto bastante redondo bebible a día de hoy.
El vino tiene una persistencia media en el postgusto dejando de nuevo sensaciones florales y ese toque ahumado y terroso que percibí inicialmente en la nariz.
Interesante esta propuesta de Joblot como la idea de hacer estas catas entre todos los que participamos de un blog de características vitícolas. Me parece que Carlos y su Roco&Wines coge el testigo. Esperaremos con interés a ver qué nos propone.

Un saludo

The Show Must Go On (Queen)
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Life is too short to drink bad wine